– ¿La esposa del hombre que lleva el lío ese de cultura física?

– Esa misma -Velie le mostró la pluma a Ellery.

– Velie, tengo que conseguir una idea para una intriga, pronto. Mis editores. Escucha, haré un trato contigo -los ojos del señor Queen brillaron.

– ¿Lo de siempre? -preguntó Velie frunciendo el ceño para su interior.

– Lo de siempre.

El sargento vaciló.

– De acuerdo.

– Vale.

– Vale -dijo encogiéndose de hombros-. Pero no dejes que el viejo te pesque.

Ellery Queen tomó la pluma, volvió las hojas hasta la guarda del libro e inclinándose sobre el escritorio, dio a la llave de contacto del dictáfono.

– La próxima vez firmaré al mismo tiempo en el recibo de venta -dijo.

Mientras escribía: «Para Velie, con cariño. Ellery», una patética voz de mujer salió del dictáfono.

– Su nombre es Barbara, inspector Queen. Se fue hace dos meses y seis días. Fue el diecisiete de mayo.

– ¿Y su razón para abandonar su casa?

Ellery Queen reconoció lo que llamaba la voz oficial de su padre. Era bastante distinta del cordial tartajeo con risueños tonos bajos de cuando estaba en casa.

– Como le he explicado, el señor Braun fue siempre muy estricto con ella. Él siempre trata de dominar a todo el mundo. Y ella es una chica moderna. Tiene tanta viveza. Ella tenía que acabar así con él. Estoy segura de que…

– Sí, sí; ya lo sé. Pero ¿cuál fue la razón precisa, señora Braun, la ocasión? ¿Por qué el diecisiete, y no el dieciséis o el veinte?

Por un momento se hizo el silencio. Luego la señora Braun dijo:

– Porque fue el día en el que Barbara le dijo a su padre que se iba a casar con el doctor Rogers.

– Ya veo. Entonces ¿por qué no echó el señor Braun al doctor en vez de dejar que su hija se fuese?

– No podía, inspector; el doctor Rogers se había hecho indispensable. Mi esposo le había convertido en una autoridad, el principal apoyo de la institución.



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