– ¿Quién está ahí con papá? -Ellery ignoró la pregunta mientras señalaba con la cabeza hacia la puerta de la oficina del inspector.

En letras negras, a través del panel de cristal esmerilado, se leía: Inspector Richard Queen.

– Un ratón -dijo Velie-. Sólo un pequeño ratón.

Ellery miró la ancha y tosca cara de Velie.

-¿Mus musculus?

– ¿Mus qué? -preguntó Velie-. Claro que no, no, señor, se trata de una viejecita. De una viejecita como un ratón. ¿Qué tal si me firmas un autógrafo en mi libro?

– ¿Cuál es su nombre?

– ¿Quién? ¡Oh!, la señora Braun.

El sargento Velie abrió el cajón lateral del escritorio y sacó un libro forrado de bocací verde oscuro. A lo largo del lomo Ellery leyó: Las Nuevas Aventuras de Ellery Queen. Cogió el libro y pasó algunas páginas.

– ¿Dijiste que lo conseguiste? ¿Cómo? ¿Por qué medio? ¡Acláralo, sargento!

– Lo compré en casa Brentano -el sargento Velie desenroscó ávidamente la caperuza de su pluma estilográfica.

– ¿Y qué hiciste con el forro?

– Lo tiré. ¿Adónde intentas llegar? Aquí, firma.

– Tranquilo -murmuro Ellery-. ¿Te das cuenta?, las páginas están mal cortadas y algunas todavía están sin cortar. Las primeras copias de la edición salen así a menudo. El editor se libra de ellas enviándolas a los críticos y le encasqueta seis al autor. No quiere ponerlas a la venta.

– Hu -dijo Velie-. Griego, griego puro.

– Me he dado cuenta de que una de mis copias de autor ha desaparecido de mi estudio.

El sargento asumió una expresión que intentaba indicar que estaba profundamente dolido.

– No estarás insinuando que yo

Ellery Queen se puso alerta de repente.

– ¿Qué señora Braun está ahí dentro? -preguntó apuntando su pulgar hacia la oficina de su padre.

– La señora de John Braun. Eh, venga; ¡sé buen chico!



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