
– Ya veo -el inspector no parecía muy convencido.
Velie se inclinó y murmuró al oído de Ellery.
– ¡Córtalo, por amor de Dios! ¡Se va a dar cuenta!
Ellery le hizo un gesto para que se callase.
– ¿Trajo una foto de su hija con usted, señora Braun?
– No hay ninguna, inspector. Su padre destruyó todo lo que pudiese recordarle su existencia inmediatamente después de que se fuese, incluso su ropa -la voz de la señora Braun se quebró-. Ni tan siquiera dejó una, una instantánea.
– ¿Sabe usted de algún fotógrafo que le haya hecho alguna fotografía?
– No, no recuerdo.
– ¿Y asegura usted que la lista de las cosas que se llevó consigo está completa?
Durante unos momentos el dictáfono se quedó en silencio. Ellery imaginó que la señora Braun había asentido con la cabeza y que su padre estaba releyendo la lista. Ellery había estado haciendo distraídamente pequeñas marcas en su libreta de notas. Cuando las voces se callaron, garrapateó: «Capítulo 1. Heredera desaparece -vuelta atrás-, descripción de la vida en el hogar. Casa de Salud. Caracteres hipocondríacos. Pistas: no hay foto. Descripción, claro, y… ¡Chitón!».
– Revisaremos la descripción, señora Braun -la voz del inspector hizo que Ellery levantase la cabeza bruscamente-. Edad: veintiuno. Altura: 1,52. Peso: cincuenta y dos. Cabello: ondulado marrón. Pestañas: espesas y oscuras; y ojos: marrón oscuro. Voz: profunda. Zapatos: del cinco y medio triple A. Talla: catorce. Complexión: normalmente de color encendido. Guapa. No nos da mucho sobre lo que trabajar, señora Braun, pero haremos lo que podamos.
– ¿Comprende, verdad, inspector Queen, que mi esposo no tiene que saber que he venido aquí a pedir ayuda? Como le he dicho, él está -su voz se tornó de pronto temblona y apenas audible-, él está…
Dándose cuenta de que la entrevista había terminado, Ellery Queen apagó el dictáfono, cogió su airoso sombrero y se dirigió a la puerta de la recepción.
