
– Señora Braun -jadeó-, mi padre, el inspector Queen, se olvidó de hacerle una pregunta.
– ¡Oh! Entonces usted es el señor Ellery Queen -dijo ella-. Me gustaría tanto, tanto, si… -vaciló-. ¿Cuál era la pregunta, señor Queen?
– El doctor Rogers vive en la Casa de Salud, ¿verdad?
– Sí, claro. Ya se lo dije al inspector.
Parecía confundida.
– Justo -dijo Ellery rápidamente-; pero papá quiere saber si tiene alguna consulta fuera.
– ¡Ah!, no, señor Queen. No tendría tiempo. El doctor Rogers tuvo que prescindir de ello. ¿Va usted a… va usted a… personalmente? Me gustaría tanto, señor Queen.
Ellery parecía incómodo.
– Bueno, ya veremos, señora Braun -le hizo una seña al chófer.
Vio lágrimas en los ojos de la señora Braun mientras, intentando devolver la sonrisa, se recostaba en el respaldo de cuero. El coche se puso en marcha. Una pequeña mano enguantada de negro se agitó tímidamente por la ventanilla de atrás.
El señor Queen se quedó mirando mucho tiempo en la dirección por donde se había ido la limusina.
El escondite
Barbara Braun estaba asomada a una ventana del segundo piso de una casa de ladrillo rojo en Waverly Place, mirando pensativamente a la calle. Abajo, tres chiquillos jugaban. El juego consistía en recorrer a la pata coja un intrincado camino a través de una serie de cuadrados que habían marcado con tiza sobre el pavimento. Un vendedor ambulante, que empujaba un carrito lleno de pirámides de brillantes manzanas, pasó gritando:
