
– ¡Alla-walla-woosika! ¡Alla-walla-woo-SI-ka!
Al otro lado de la calle una mujer asomó la cabeza por una ventana y chilló: ¡Fran-CIS! ¡Fran-cis!
Uno de los chiquillos levantó la cabeza.
– ¿Qué, mamá? ¡Oh, mamá; todavía no!
Por detrás de Barbara se volvieron a oír los clics esporádicos de las teclas de una máquina de escribir. Miró rápidamente por encima del hombro a su amiga Nikki Porter y luego volvió a mirar a la calle.
Le gustaba Nikki. Le gustaba y la admiraba, y le estaba agradecida. No sabía exactamente qué habría hecho si no hubiese sido por Nikki. Se parecían en muchas cosas. Tenían la misma edad; casi la misma estatura; ambas eran esbeltas, e incluso su tez era similar. Pero Nikki era más guapa; Barbara lo reconocía; y era más vivaz, más impulsiva. No se podía predecir qué es lo que haría al momento siguiente, algo temerario y atolondrado, desde luego. Ella, Barbara, no era impulsiva. Era paciente, pero resuelta No había dejado su casa por un impulso. Lo había pensado todo antes. Lo había vuelto a pensar. Su padre -él le habría hecho la vida imposible-. Porque ella amaba; ella amaba a Jim. Y Jim la amaba a ella, lo sabía. Pero ¡su madre!
Pobre madre.
Barbara suspiró.
Sí, cuando se había puesto enferma -cuando había cogido frío y había pescado la ictericia, precisamente la ictericia-, ¿quién la habría cuidado (estaba tan débil como un gatito) si Nikki no la hubiese llevado con ella? Nikki, prácticamente una desconocida entonces. Sí, Nikki era amable. Nikki haría cualquier cosa por una amiga. Y Nikki era valiente, seguía intentándolo, aunque nadie quería comprar nada de lo que escribía. Nikki intentaba ser escritora. ¡Pobre y valiente Nikki!
Un sonoro zumbido producido al arrancar una hoja de la máquina de escribir sobresaltó a Barbara. Se volvió y vio a Nikki que rasgaba con furia la hoja, convirtiéndola en confetti, y arrojaba los pedacitos en la papelera, al lado del escritorio.
