
– ¡Nikki!
Nikki miró hacia ella a través de la habitación, con sus ojos echando chispas.
– Es ese miserable idiota otra vez.
– ¿Qué idiota?
– ¡Ese maldito, redomado, fanfarrón de Ellery Queen! ¿Sabes lo que me dijo el editor esta mañana, el despreciable gusano?
– ¿Qué?
– Insinuó que era una plagiaría, ¡que copiaba mis ideas de Ellery Queen! Dijo que tenía que escribir algo a partir de mi propia experiencia, no valerme de la de otra persona. ¡La caradura de ese hombre!
– Quizá estás influida inconscientemente por Ellery Queen -dijo Barbara intentando calmarla-. Has leído muchos libros suyos.
– Ahora no me digas tú eso también -Nikki sacudió sus rizos-. ¿Es que soy responsable de lo que hice en mi infancia? Soy adulta ahora y sé qué clase de basura escribe él. Admito que ese estúpido envenenó mi mente de adolescente. Pero he crecido en los dos últimos años y he extraído el veneno de mí. Desprecio sus obras. Puedo volver a los poemas infantiles, pero nunca a Ellery Queen, el muy pedante, el muy cerdo, quiero decir.
– Pero ¿qué tiene que ver el señor Queen con lo que acabas de escribir? -preguntó Barbara con inocencia.
Los ojos oscuros de Nikki se oscurecieron aún más.
– Estaba justamente empezando una nueva historia de misterio, llamada La casa al lado del camino. El escenario era una cabaña solitaria cerca de los basureros de Trenton. Luego me acordé que ese Queen ya había utilizado ese escenario en un montón de basura muy bien empaquetada llamado Casa a mitad de camino. ¡Debería haber supuesto que si me dedicaba a hurgar en un basurero acabaría encontrándome con Ellery Queen!
Barbara consiguió ahogar una sonrisa.
– Seguramente te estoy distrayendo. Voy a acostarme un rato. De cualquier manera se supone que debo descansar media hora.
– No me molestas en absoluto -protestó Nikki-. Es que ¡es igual! ¿Cómo te encuentras, Babs? -preguntó, examinando a su amiga.
