
– ¡Oh, qué horrible! -Nikki se llevó los dedos a la boca y le miró con asombro.
– Tendré que convencer a Barbara para que vaya a su casa, Nikki. Es mi deber, aunque su padre no ha cambiado. Incluso el saber que se está muriendo no le ha cambiado. Todavía siente lo mismo hacia ella. Es difícil comprender cómo nadie puede ser tan condenadamente duro.
– Entonces no debe volver -susurró Nikki-. Si el señor Braun está así en su lecho de muerte, ¡oh!, sería demasiado cruel para Babs.
– Sinceramente, espero que no lo haga. Pero puedes ver mi posición. No puedo cargar con la responsabilidad. Tendré que decírselo. ¡Es necesario! Pero, Señor, espero que no vaya. Es el tipo más tenaz que he conocido, Nikki.
– No irá -dijo Nikki con firmeza.
– Volveré mañana -dijo Jim-. Tan pronto como pueda salir de allí -salió apresuradamente.
Nikki se sentó delante de la máquina de escribir, sumida en sus pensamientos. No estaba pensando ya en su nueva novela de misterio. Sabía que, a pesar del amor que Barbara sentía por Jim, su amiga estaba sufriendo, sufriendo y guardándose su dolor. Su padre no le haría más daño. Quizá si Jim le dijera a la señora Braun dónde estaba Barbara.
Nikki no sabía cuánto tiempo llevaba pensando. Fue sacada de su ensimismamiento por un fuerte golpe en la puerta. Miró hacia ella y parpadeó. ¿Quién demonios? El fuerte golpe volvió a sonar.
Se levantó y, abriendo un poquito la puerta del dormitorio, susurró:
– Babs, hay alguien en la puerta No salgas. Estate absolutamente callada -vio la mirada asustada en los ojos de Barbara y su asentimiento para que viese que lo había entendido. Cerrando a Barbara, Nikki se acercó de puntillas a la puerta de entrada y apoyó la oreja en ella.
– ¿Quién está ahí?
– El hombre del gas. Para leer el contador, por favor -canturreó una alegre voz.
