Abrió la puerta un poquitín, poniendo el pie contra ella. El joven que vio no parecía en lo más mínimo un empleado de la compañía de gas. Por lo menos ella no había visto a ninguno con pantalones de franela gris claro y abrigo de mezclilla. Empezó a empujar la puerta, para cerrarla. No cedió ni un centímetro. Miró hacia abajo y vio la punta de un zapato muy brillante que asomaba por la ranura. Apoyó el hombro contra la puerta y empujó con todas sus fuerzas. Estrujaría el pie hasta que chillara de dolor. ¡Pedazo de bruto!

Sintió que iba resbalando lentamente hacia atrás como si una fuerza irresistible estuviera al otro lado de la puerta. Luego el hombre entró en la habitación. Se la quedó mirando con una sonrisa. No era una sonrisa amenazadora, ni siquiera protectora. Era una sonrisa de pura diversión, y por eso mismo más exasperante todavía.

– ¡Bien! -dijo ella sin aliento, echándose hacia atrás-. ¡Bien! Váyase de aquí antes de que le destroce la cara con las uñas.

– Mmm, mal genio, ¿eh? -sonrió.

Vagamente, a través de su ira, percibió unos ojos gris acero considerablemente agudos, una cara americana de rasgos correctos y una sonrisa divertida. Era alto, además -alrededor de seis pies. Fuertes hombros. Dientes bonitos. Sonrisa agradable-. Pero ella podía llegar hasta él y arrancar esa sonrisa con las uñas.

– ¿Se va a ir? -dijo ella, curvando los dedos agresivamente.

– No -dijo él, y entró más en la habitación.

Nikki no cedió ni una pulgada. Sus manos se alzaron. Él vio las uñas pintadas de escarlata y su sonrisa se hizo más ancha.

– ¿Quién es usted? -preguntó ella.

– Soy un detective privado -dijo el señor Ellery Queen sin siquiera un parpadeo-. Licencia seiscientos sesenta y seis. Vamos, vamos, señorita Braun, ¡se acabó el juego!

El intruso

Después de que la limusina de la señora Braun se hubo alejado de la comisaría, Ellery Queen había telefoneado a Pinky, un taxista experto en seguir a la gente mientras conducía a gran velocidad a través del tráfico.



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