– De hecho, tiene moldes de todo su cuerpo. No se fiaba del escultor. Es una réplica de la de mármol de la terraza -explicó Rogers amargamente.

– Bueno, al pobre diablo no le queda mucho tiempo para adorarse -dijo el doctor Henderson cuando volvían al estudio-. Personalmente, no le doy más de seis semanas.

– ¿Cómo se lo tomará? -preguntó Garten-. ¿Se dará cuenta de cómo será el final?

– Naturalmente que lo sabrá -dijo Jim Rogers de mal humor. Pasó sus dedos a través de su pelo negro desgreñado-. Eso es lo espantoso. Todavía parece estar en perfecta forma físicamente. Es horrible pensar en la agonía que tendrá que soportar su cuerpo. Y saber lo que le espera no le va a ayudar.

– ¿Cómo se comportó cuando le dio usted su diagnóstico? -preguntó Henderson.

Rogers se pasó el pañuelo por los labios.

– Como un loco -dijo después de un rato-. Estaba tan furioso como un león que hubiese caído en una trampa. Me costó un buen rato, créanme, conseguir que se fuese a la cama. Imagino que cuando ustedes confirmen mi diagnóstico les considerará a los dos sus enemigos personales.

– Tanto mejor -dijo Garten con filosofía, mirando a través de la ventana-. Un tratamiento y descanso podrían prolongar su vida unos pocos días o posiblemente semanas, pero… -el especialista calló, y luego dijo bruscamente-: Es más caritativo dejarle hacer lo que quiera ahora.

– Bueno, ¿entramos? -preguntó Henderson, señalando con la cabeza hacia la puerta cerrada de la habitación.

– Si no les importa -dijo Rogers vacilando-, preferiría no estar presente. Hablaré con él después de que ustedes se hayan ido. Su esposa se encuentra con él. Ella lo sabe. Ya se lo he dicho.

Henderson asintió y se acercó a la puerta.

El otro especialista siguió a su colega a través de la habitación. La puerta se abrió. Luego se cerró.

Jim Rogers, con la barbilla apoyada en sus largos dedos, contempló sombríamente la radiografía que había dejado sobre el escritorio del estudio de Braun.



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