
Nikki entró como una flecha en la habitación y, a través de ella, hasta su maleta. La recogió, se volvió, y vio a Ellery.
– ¡Usted! -emitió apenas.
– Sí, yo, señorita Nikki Porter -dijo Ellery ceñudo-. ¿Qué es eso de dejarme creer que era usted Barbara Braun y qué está usted haciendo ahora?
– ¡Oh!, señor Queen. ¡Ha ocurrido algo horroroso!
Vio que ella estaba temblando y que su cara estaba blanca.
– ¡Ocurrido! -dijo él en tono cortante-. ¿Qué?
– Está muerto, señor Queen. ¡Está muerto!
Ellery se quedó muy quieto.
– ¿Quién está muerto?
– El señor Braun.
– ¿Cómo lo sabe?
– Le vi. Fue horrible. ¡La sangre!
– ¿Dónde?
– Ahí dentro -señaló a través del vestíbulo.
– ¿Por qué cerró usted la puerta con llave? ¿Por qué se encerró usted?
– Yo no fui. Fue él.
Ellery cogió la maleta de sus manos. Con su mano libre la agarró del codo.
– Vamos, hermana -tiró de ella a través del vestíbulo hacia el estudio-. ¿Dónde?
Ella señaló el dormitorio con la cabeza. Ellery la arrastró con él.
Dejando la maleta al lado de la cama, dijo:
– Quédese aquí mismo.
Cruzó hacia el escritorio en forma de riñón y miró el cuerpo de John Braun; se arrodilló y observó con cuidado la garganta, la manga empapada en sangre de la bata púrpura, ahora de color marrón rojizo, hasta llegar a los dedos curvados de la mano, blanca como el yeso a la luz de la luna. Muerto, sin lugar a dudas.
Se levantó. Su mirada recorrió rápidamente la habitación: el suelo, el tablero del escritorio y la cómoda, la cama, las paredes. Fue a la puerta del armario, la abrió, presionó las ropas a un lado, golpeó las paredes; entró en el cuarto de baño, probó la fuerza de la reja de la ventana. Luego volvió al dormitorio. Examinó la reja de la ventana de éste, tiró de las barras. Dio la vuelta a la alfombra y, a gatas, examinó las tablas del suelo. Luego, incorporándose, desapareció en el estudio.
