
– Venga aquí dentro -llamó-. Traiga su maleta.
Nikki obedeció. Estaba más tranquila ahora. La eficiencia de Ellery, serena y rápida, su seguridad, estaban actuando como un sedante sobre sus propios nervios. Le observó mientras él se movía silenciosamente, rápidamente, por la habitación. Sus ojos parecían lentes fotográficas, que no perdían detalle.
Por fin se paró delante de ella, y la miró a los ojos con la misma objetividad, sin piedad.
– Dígame todo lo que ha ocurrido. Exactamente lo que hizo desde el momento en que llegó aquí.
Se lo contó; a saltos al principio; luego, ganando confianza, habló con más rapidez. Cuando acabó le tendió el papel en el que había comenzado su historia.
Ellery lo miró y se lo metió en el bolsillo.
– ¡Trampa para una chica! Dio usted justo en el clavo esta vez.
– ¿Qué quiere decir? -preguntó asustada.
– La yugular de John Braun fue acuchillada -dijo él-. Fue cortada con un cuchillo. No hay modo de salir del dormitorio como no sea por el estudio. No hay forma de salir de este estudio adyacente excepto a través de la puerta del vestíbulo, que estaba cerrada con llave hasta que usted la abrió.
– Eso es cierto -dijo ella débilmente.
– El cuchillo o lo que quiera que se utilizase ha desaparecido. Luego es asesinato; el asesino se llevó el arma con él. Además de Braun usted era la única persona que había en estas habitaciones cuando le mataron. Ahora bien, ¿a qué conclusión llega usted?
– Yo no llego a la conclusión de que le maté y luego me deshice del cuchillo -dijo ella, poniéndose lívida, pero sosteniendo su mirada sin pestañear-. Simplemente porque yo no lo hice, si es eso lo que está pensando.
