– Eso es lo que la policía va a creer -dijo él sosegadamente.

– ¿Y mi motivo? -en su tono había ahora ironía e ira, más que miedo-. ¡No había visto a ese hombre en mi vida hasta esta tarde!

– Deje el motivo al fiscal del distrito. Los fiscales de distrito son maravillosos escarbando para encontrar motivos. Puede incluso llegar a sugerir que estaba usted vengando a una amiga.

– ¡Así que es eso lo que usted piensa! -los ojos de ella lanzaban llamas.

– No, eso no es lo que yo pienso. Le estoy diciendo lo que la policía va a pensar. Esa es la forma en que razonaría un detective. Yo soy un escritor, no un detective. Un «gusano» no piensa, porque sabe que los hechos pueden mentir de modo más convincente que las personas. Un «gusano» es el tipo de majadero que deja que le guíen sus instintos. Ahora tiene que salir de aquí antes de que llegue el viejo.

– ¿El viejo?

– El inspector Queen. Viene hacia acá con Barbara Braun y Jim Rogers -Ellery estaba limpiando la superficie de la mesa y los brazos de los sillones con su pañuelo-. ¿Tocó algo además del escritorio y de los sillones?

– No -dijo ella distraída-. Mire, me quedaré y lo explicaré.

– Explicar ¿el qué? Mi querida señorita, usted se va a ir -la agarró de un brazo y la arrastró hacia la puerta-. Venga, deme su maleta.

Rápidamente cruzaron el vestíbulo hacia las escaleras de la parte de atrás del edificio. A mitad del descenso, Ellery Queen se paró a escuchar, y luego siguió con precaución. Al pie de los escalones estaba la puerta de vaivén, que era la entrada de servicio. Se asomó. Al otro lado del paseo de coches había un camino de cemento de unos cincuenta pies de largo que pasaba por una abertura en un seto de boj que llegaba más o menos a la altura del hombro.

– Muy bien -dijo él-. Anda, no corras. Cuando estemos al otro lado del seto agáchate. Sigue por el camino. Sigue hacia la izquierda pegada al seto.



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