
El boj continuaba durante unas cincuenta yardas, y luego el camino estaba bordeado por alheñas hasta llegar al borde del bosque, al norte. Allí acababa el pavimento y seguía un camino de barro a través de una maraña de arbustos y enredaderas. Corrieron a lo largo de él a trote ligero durante bastantes yardas, hasta que llegaron a una carretera de tierra abandonada en la que crecían hierbas. Al oeste descendía a través de un barranco hacia el río, y al este subía una colina en dirección a la avenida Gun Hill. Ellery Queen torció a la derecha y se apresuró hacia el zumbido de tráfico que se oía en la distancia.
Al llegar a la avenida Gun Hill se detuvo y cogió una tarjeta de su cartera. Escribió en ella y se la dio a Nikki.
– Esto -dijo él- es la dirección de mi apartamento. Le he escrito una nota a Annie. Es mi doncella. Cuidará de ti hasta que yo llegue. Coge el primer taxi que venga. Y no salgas del apartamento.
– Pero ¿por qué no puedo ir a…?
Ellery la interrumpió bruscamente.
– Es el único lugar donde no irá la policía a buscarte. Lo encontrarás más cómodo que una celda en la cárcel de mujeres.
– Espero que sepas lo que estás haciendo -gimió ella.
Ellery sonrió ceñudo.
– Naturalmente -dijo-. Arriesgándome a compartir una acusación de asesinato contigo. Porque fui lo suficientemente idiota como para meterte en esto.
Nikki se sobresaltó.
– Pero ¿qué vas a hacer? ¿Dónde vas? -preguntó con los ojos muy abiertos.
– Vuelvo a la Casa de Salud.
Echó a correr a grandes zancadas por el viejo camino y desapareció en el bosque.
El arma
De nuevo en la mansión de Braun, Ellery Queen estaba abriendo la puerta que daba al estudio de aquél, cuando escuchó la voz de su padre que venía del piso de abajo. Fue al hueco de la escalera y miró. Una chica de pelo castaño -Barbara, supuso- se encontraba en brazos de su llorosa madre.
