– ¡Oh, querida, querida! -decía la señora Braun con voz entrecortada y sollozando-. Soy tan feliz, querida.

Mucho más alto que el inspector, el sargento Velie estaba al lado de la puerta, retorciendo su sombrero gris y sonriendo benévolamente. «Velie Papá Noel», pensó Ellery.

El inspector carraspeó.

– Señora Braun, prometí a su hija que si volvía a casa yo hablaría con su padre y trataría de resolver sus diferencias.

– ¡Oh!, gracias, inspector Queen. ¡Gracias! -soltó a Barbara, reacia a hacerlo-. Parece horrible introducir extraños en nuestras vidas privadas, pero el señor Braun está tan enfermo, es tan testarudo.

– Será mejor que le vea yo solo -dijo, el inspector.

– ¡Oh!, sí, claro. Está en sus habitaciones, en el primer piso. Segunda puerta a la derecha. Verá su nombre en la puerta. Le estoy tan agradecida, inspector. ¿Cómo podré darle las gracias?

Ellery Queen volvió sin hacer ruido al estudio de Braun. Se estaba sentando en el gran escritorio, cuando llamaron a la puerta.

– Adelante.

La puerta se abrió.

– ¿Qué estás haciendo aquí? -preguntó el inspector-. ¿Moneda falsa?

– Esperándole, señor -dijo Ellery con respeto-. Me dijiste por teléfono que venías para acá.

– ¿Y eso qué tiene que ver contigo? -gruñó el inspector-. Vine a ver a John Braun.

– Nadie puede verle.

– ¡Más vale que conmigo sí hable! ¡Conmigo sí que hablará!

– ¿Degollado?

– ¿Qué quieres decir? -preguntó débilmente el inspector.

– Degollado, papá -Ellery se levantó del escritorio-. La yugular. Braun está más muerto que una piedra. Ahí dentro -señaló el dormitorio.

– Santo cielo -dijo el inspector Queen y se dirigió hacia la puerta.

Durante unos momentos se quedó mirando el cuerpo de Braun, y luego echó una rápida mirada por la habitación.



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