
El doctor Rogers tenía una frente amplia, ojos oscuros y una barbilla más bien afilada que sus amigos describían como sensitiva y sus enemigos como débil. Probablemente habría abandonado su empleo en la Casa de Salud después de un año o dos y hubiese vuelto al trabajo para el que estaba tan brillantemente capacitado de no haber sido por una complicación que no estaba ni remotamente relacionada con su profesión. Sea como fuese, bien porque era un fatalista o bien por ser un oportunista, se quedó para escribir artículos que le aburrían, escuchar las quejas de los gordos clientes y beber mucho más de lo que le convenía.
Jim empujó la radiografía impulsivamente hacia un lado como si de pronto se le hubiese tornado repulsiva y echó una ojeada nerviosa por la habitación. Como todo en lo que Braun metía la mano, la habitación era maciza y al mismo tiempo aparatosa. El escritorio era grande y caprichoso. Vacío, a no ser por un secante sin usar, el tintero de ágata, la pluma estilográfica verde situada en un ángulo sobre su soporte, seis revistas Braun alineadas matemáticamente, y en aquel momento la radiografía, su misma desnudez proclamaba la eficiencia de Braun.
