
– ¿No hay armas?
– No. Estaba exactamente de este modo cuando lo encontré.
– Asesinato -dijo el inspector.
– Eso parece, papá.
El inspector cogió el teléfono y llamó a la comisaría. Dio órdenes. Su voz era aguda, staccato.
Al colgar el auricular, dijo, frunciendo el ceño:
– Ahora dime qué demonios haces aquí.
– Buscando a la chica, Nikki Porter.
– ¿Para qué la quieres?
– Para retorcerle el pescuezo.
– ¡Hum! -dijo el inspector Queen-. Dime todo lo que sepas sobre esto.
Excepto por la omisión de que había descubierto a Nikki encerrada con el muerto, el relato de Ellery Queen fue exacto. Estaba exasperado por la forma en que ella le había engañado. Quería decirle ciertas cosas. Había subido las escaleras. La chica esa, Porter, no estaba en la oficina del doctor Rogers, así que había mirado ahí dentro y se había encontrado a Braun con la garganta degollada. Sabía que su padre se dirigía hacia acá y había pensado que era mejor no decir nada hasta la llegada del inspector. Había estado de guardia -o, mejor, había hecho guardia sentado- en el escritorio.
– Mal asunto -dijo el inspector Queen. Se fue a la puerta del vestíbulo y bramó-: ¡Velie! ¡Sube aquí, vago!
Los detectives, los hombres encargados de tomar las huellas dactilares, los fotógrafos, habían venido, habían hecho su trabajo y se habían ido antes de que el doctor Samuel Prouty, médico forense auxiliar, hubiese llegado a la Casa de Salud. Amigo del inspector Queen desde hacía muchos años, Prouty era un individuo sombrío, sarcástico y cadavérico que se quejaba continuamente de tener mucho trabajo, no sin razón. Tenía manía personal a todas las víctimas de asesinato.
A las cinco entró en el dormitorio de Braun, saludó agriamente con la cabeza al inspector y al sargento Velie, ignoró a Ellery y echó una mirada fulminante al cuerpo de John Braun. Se sacó la colilla de un cigarro fría y mal fumada de entre los dientes y la sostuvo a dos pulgadas de su boca.
