– Bueno, ahora ¿qué quieren de mí, Simon Legree? -le soltó el doctor Prouty al inspector-. ¿Para qué me arrastraron hasta aquí arriba?

– Deja de gruñir y ponte a trabajar, Saín -dijo el inspector Queen.

– Pensé que por una vez en mi vida podría irme a casa a ver a mi esposa y a mis chicos. Pero, ¡ah, no! ¡Otro idiota que se hace quitar de en medio! -se colocó la punta del cigarro en un extremo de la boca y miró otra vez al cadáver-. Degollado. Arteria cortada. Adiós.

– ¡Espera un minuto! -exclamó el inspector-. ¡No puedes dejarlo así, buitre!

– ¡Un ciego podría ver que se desangró hasta la muerte, y tú me haces venir hasta Spuyten Duyvil!

– ¿Cuánto tiempo lleva muerto?

Prouty palpó las manos, las piernas, los brazos y examinó la sangre coagulada.

– Unas dos horas -miro su reloj-. Murió alrededor de las tres.

El inspector se volvió a Ellery.

– ¿Qué hora era cuando llegaste aquí, Ellery?

– Después de las tres, alrededor de las tres y cuarto.

Prouty miró a Ellery como si no se hubiese dado cuenta antes de su presencia. Gruñó.

– Tendrás que hacer una autopsia, Sam -dijo el inspector Queen.

– ¿Para qué quieres una autopsia? -gruñó Prouty-. Un ciego podría ver…

– Que fue asesinado.

– ¡Oh, madre de todos los hombres! -gritó Prouty piadosamente-. ¡Madre de todos los hombres! ¿Qué te crees que soy, un caballo de tiro?

– Quiero que busques veneno -dijo el inspector-. A lo mejor alguien le dio arsénico y le cortó el cuello por deporte.

– Bien, yo no trabajo esta noche. Eso seguro. Me dedicaré a ello mañana por la mañana.

– Tenemos prisa esta vez, Sam.

– ¡Esta vez! Siempre estáis corriendo. Date prisa tú si quieres. Yo tengo una partida de póquer esta noche. Bill y Jerry me sacaron dieciséis dólares la última semana. Hoy me voy a tomar la revancha. ¡Trata de impedirlo!



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