– Primera cosa por la mañana, Doc -dijo el inspector Queen.

Prouty gruñó.

– Aquí está la orden de levantamiento.

– Lo pueden trasladar a una camilla y cubrirlo con una sábana. Pero dejen el cuerpo aquí por ahora, por el efecto moral que tendrá sobre la gente mientras los interrogo.

– Como quieras. Yo me voy ahora -dijo Prouty, y se dirigió a la puerta. Mientras salía respiró-. ¡Caray, por poco si no salgo de ésta!

A las seis en punto, Cornelia Mullins, Rocky Taylor y Zachary estaban sentados en el dormitorio de Braun. Dando la espalda a la habitación, Ellery Queen miraba por la ventana. El sargento Velie estaba apoyado en la puerta que daba al estudio. Sentado a la mesa en forma de riñón, el inspector Queen miro el cuerpo cubierto de John Braun situado sobre la camilla al pie de la cama, y luego observó inquisitivamente a las tres personas que estaban ante él, de las que creía que cualquiera había tenido tanto el motivo para matar a Braun como la oportunidad de llevarlo a efecto.

Por el momento parecían ansiosos y aturdidos, mostrando claramente la prueba que había constituido para ellos el interrogatorio continuo del inspector. Zachary retorcía nerviosamente un montón de papeles que había enrollado en un apretado cilindro. Cornelia miraba a Rocky Taylor, mientras éste jugueteaba con su brillante anillo de diamantes al tiempo que parecía evitar sus ojos.

– La señora Braun me ha dicho -decía el inspector- que era intención de su marido acabar con este negocio, y que había hecho un nuevo testamento esta tarde.

– No estamos negando eso -dijo Zachary rápidamente.

– ¿Y tampoco están negando que son ustedes los únicos que se beneficiarían de la desaparición del nuevo testamento, dejando en todo su valor el viejo? En resumen, todos ustedes se beneficiaban con el viejo testamento, que el señor Zachary encontró sano y salvo en la oficina; pero eran excluidos del último testamento, que ha desaparecido junto con el arma asesina.



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