Continuaron en silencio.

– Ahora consideremos sus coartadas. Señor Zachary, ¿usted dice que estaba abajo, en su oficina, haciendo las cuentas?

Zachary sacudió la cabeza.

– Eso es. Eso es exactamente.

– Pero no hay nadie que apoye su declaración -dijo el inspector-. Y ustedes, señor Taylor y señorita Mullins, aseguran que cuando ustedes abandonaron esta habitación esta tarde se fueron a pasear por los alrededores.

– Caminamos hacia el río -dijo Rocky Taylor.

– Y no vieron a nadie y nadie les vio a ustedes.

– Estamos diciendo la verdad -protestó Cornelia Mullins, echándose hacia atrás con nerviosismo un mechón de pelo rubio.

– Seguro -dijo el inspector-. ¿Cuánto tiempo llevan prometidos?

– ¿Prometidos? ¡Oh, sí!, varios años -dijo Rocky Taylor.

– Eso es todo por ahora. Ninguno puede dejar el establecimiento sin mi permiso.

Mientras desfilaban fuera de la habitación, el inspector hizo un gesto a Jim Rogers para que entrase en el dormitorio desde el estudio, donde había estado esperando.

– Doctor Rogers -dijo después de que Velie hubo cerrado la puerta-, la recepcionista me ha dicho que una tal señorita Porter, señorita Nikki Porter, vino a verle esta tarde antes del asesinato. ¿Por qué no mencionó haberla visto?

– No la vi -dijo Rogers-. Ni tan siquiera sabía que había estado aquí cuando usted me interrogó por primera vez. No lo supe hasta que me encontré con la señorita Braun en el centro, en la alcaldía, y me dijo lo que había sucedido en el apartamento de Nikki.

– Ya veo -dijo el inspector Queen-. Eso es todo -se volvió hacia el sargento-: Velie, diga a la señorita Norris que quiero verla.

La recepcionista, al entrar en la habitación, miró el cadáver de John Braun cubierto por la sábana. Luego miró rápidamente hacia otro lado.

– Señorita Norris, ¿a qué hora se fue la chica que vino a ver al doctor Rogers? -preguntó el inspector.



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