
– No sé, señor. No la vi marcharse.
– ¿No le parece extraño que se fuese sin que usted la viese?
– No, señor. Frecuentemente debo abandonar mi escritorio. Por entonces la señora Braun me llamó.
Ellery Queen estaba en tensión. Continuó mirando por la ventana. Se preguntaba cuánto tiempo seguiría el viejo esa pista.
– ¿Qué quería la señora Braun?
– Me quería decir que nadie debía molestar al señor Braun. Es horrible, señor ¿Fue apuñalado?
– Apuñalado, no. Su yugular fue cortada por un cuchillo u otro instrumento afilado.
– ¡Oh! -dijo ella retrocediendo. Miró a la superficie del escritorio y luego dio un paso hacia él-. Ha desaparecido -dijo-. ¿Es eso lo que utilizaron?
– ¿El qué?
– El cortapapeles.
– ¿Qué cortapapeles?
– El que el señor Braun tenía siempre sobre el escritorio. Siempre abría su correspondencia con él.
– ¿Cómo era?
– Era pequeño, señor, y muy afilado. El mango estaba engarzado en brillantes. Era veneciano o florentino o algo así; italiano en todo caso. A lo mejor está en el cajón. Cuando oí que había sido apuñalado, yo…
– No, no está en el cajón, señorita Norris. Gracias. Ha sido usted de una gran ayuda.
– Velie -dijo el inspector cuando ella se hubo ido-, vaya y pregunte a la señora Braun si recuerda haber visto un cortapapeles cuando ella y los otros estuvieron aquí esta tarde. Y luego telefonee a la comisaría. Mande una orden para que se busque a esa Nikki Porter.
– Papá -Ellery Queen llamó desde la ventana cuando el sargento dejó la habitación-, ven aquí. Mira esto.
El inspector se dirigió hacia Ellery.
A unas doscientas yardas hacia el noroeste, cerca del borde del bosque, Amos estaba cavando diligentemente un agujero en la tierra. De pie dentro de él, con sólo la parte superior de su cuerpo visible, estaba arrojando paletada tras paletada de tierra oscura al montón del otro lado.
