– Bien, ¿qué crees que se propone ése? -preguntó el inspector.

– O, mejor, ¿qué hace ahí abajo?

– Muy bien -dijo el inspector Queen.

– Eh, usted, ¿cómo se llama? -preguntó el inspector cuando llegaron al agujero que estaba excavando Amos.

El viejo harapiento no levantó la vista. Una paletada de tierra cayó sobre el montón que cada vez se hacía más grande. El cuervo se fue de su hombro, aleteando ruidosamente. Se posó sobre la rama de un plátano y graznó broncamente.

– Amos -dijo el viejo.

– ¿Trabaja usted aquí?

– Un hombre no puede vivir sin trabajo -murmuró Amos, todavía ocupado con su apaleo.

– Kra-caw -graznó el cuervo por encima de sus cabezas.

– ¿Es suyo ese canario negro? -preguntó Ellery Queen.

– José es mi amigo, mi único amigo. Mi único amigo es José.

Una paletada de tierra aterrizó al lado de los pies de Ellery. Vio que algo amarillo sobresalía de ella y, agachándose, recogió un trozo de piedra rota.

– ¿Sabe usted que el señor Braun ha muerto? -preguntó el inspector.

– Todas las cosas deben perecer y pasar, perecer y pasar, perecer y pasar -canturreó Amos.

Ellery tiró el fragmento de piedra amarilla al tronco del plátano.

– ¿Para qué está usted haciendo este agujero tan grande? -preguntó.

– Estoy cavando una tumba.

– La tumba ¿de quién?

– La tierra es mi madre.

El inspector Queen hizo una seña a Ellery; parecía enojado.

Mientras caminaban otra vez hacia la casa dijo:

– Ese viejo es excéntrico, pero dudo que esté tan loco como nos quiere hacer creer. Es mejor que le vigilemos.

Ellery Queen miró hacia atrás por encima del hombro. El cuervo había descendido al césped bajo el plátano y estaba picoteando el trozo de piedra rota.

El sargento Velie se acercó a grandes pasos.

– Dice que el cortapapeles estaba sobre el escritorio cuando dejaron a Braun esta tarde, seguro, seguro -anunció excitado-. Si quiere mi opinión, la chica lo hizo.



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