
– ¿La señora Braun está segura? -preguntó el inspector.
– Desde luego que lo está. Braun lo tuvo en la mano todo el tiempo que les estuvo hablando, según dice.
– ¿Dio a los hombres del depósito la orden de levantamiento?
– Por supuesto, inspector. Les dije que podían llevárselo.
Como si quisiesen confirmar las palabras del sargento, salieron dos hombres de la casa llevando la camilla con su carga envuelta en una sábana y lo metieron en la parte de atrás de la camioneta del depósito.
– Allá va, los pies por delante. Más trabajo para Prouty, el vago payaso -Velie sonrió.
– Bien, hijo -dijo el inspector Queen mientras la ambulancia se alejaba-. Me vuelvo a la comisaría con Velie. No iré a casa a cenar. Díselo a Annie, Ellery, por favor.
– ¿Vas a dirigir la caza de la señorita Porter? -preguntó Ellery Queen.
– Exacto. La tendremos antes de mañana, si no me equivoco.
Velie abrió la puerta del coche de policía para el inspector, y luego se estrujó detrás del volante, agarrándolo con sus corpulentas manos. Su zapato de la talla doce y medio pisó el starter.
– Cuando se trata de encontrar a la señorita Porter eres muy bueno, Ellery -sonrió a través de la ventanilla-. ¿Por qué no lo intentas otra vez?
– Dejad de burlaros de mí, chicos -dijo Ellery con voz de súplica-. Sé cuándo me la han pegado.
– Bueno, no vuelvas a coger otra vez a la chica que no es -sonrió el inspector-. ¡La próxima vez puede ser una mujer casada con un marido severo!
Ellery no contestó. Se fue a su propio coche y entró en él. Se formaron arrugas en su frente.
Era un idiota. Cualquiera con medio ojo se daría cuenta de que tenía que ser Nikki. Todos los pedacitos de evidencia gritaban que ella tenía que haberle matado. No había ningún panel secreto, ninguna puerta oculta, ninguna forma en absoluto de salir de la habitación excepto a través de la puerta cerrada con llave que comunicaba el vestíbulo con el estudio.
