Pero él había mirado dentro de sus ojos, ojos oscuros y aterrados, ojos inocentes. Malditos ojos. Esos ojos que le habían hecho comportarse como un idiota. Bueno, ya estaba dentro, dentro hasta el cuello. Y tendría que probar que lo imposible era posible. Eso era todo. Algo tan simple como eso. Tenía que descubrir quién mató a John Braun y cómo. El cómo era más o menos del tamaño del anuncio luminoso de Wrigley en Times Square.

Y tenía que darse prisa. Si su padre descubría a Nikki en su apartamento…

– Señor Ellery Queen -dijo mientras el coche empezaba a correr-, eres un imbécil. A lo mejor una mula te dio una patada en la cabeza el día que naciste.

– Kra-caw -el grito del cuervo llegó burlón desde la lejanía-. Kra-caw.

Sancta sanctórum

Eran más de las cuatro cuando Nikki Porter hizo sonar el timbre del apartamento de Queen, en la calle Ochenta y Siete Oeste. Annie, de pelo gris y ojos brillantes, la veterana cocinera, doncella y factótum que gobernaba la casa de los Queen, abrió la puerta y la observó minuciosamente.

– El señor Queen dijo que debía esperarle -dijo Nikki. Annie se aclaró la garganta.

– El señor Ellery Queen, ¿supongo? -miró a Nikki de arriba abajo.

– Sí -Nikki se sonrojó y le entregó la tarjeta de Ellery.

– Entre -dijo Annie con resignación-. El señor Ellery dice «en su estudio» -Annie frunció los labios mientras cerraba la puerta.

Exactamente junto al recibidor había una gran sala de estar. Era alegre, pero exageradamente inmaculada. Todo estaba no sólo en su debido lugar, sino que parecía que te retaba a moverlo. Los ceniceros relucían como si nunca se hubiesen usado y como si se fuesen a ofender si se apagaba un cigarrillo en ellos.



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