La superficie brillante de la mesa, donde había una lámpara de lectura de tipo antiguo, rechazaba el polvo. La inmaculada alfombra de colores rosa y marrón-gris podía ser un anuncio de aspiradores. Enfrente del diván tapizado en quimón, cuyos almohadones había mullido y luego estirado Annie, se encontraba la puerta que daba al dormitorio del inspector Queen. Justo detrás del diván una puerta en arco de hojas correderas daba al comedor. Más allá se encontraba la despensa, de donde venía el zumbido de un frigorífico eléctrico y la cocina. De la cocina, una segunda puerta daba a un estrecho vestíbulo, por el que Annie llevó a Nikki Porter. Al pasar, Nikki tuvo una visión de una fila de brillantes cazos y sartenes de aluminio.

Al final del vestíbulo estaba el estudio de Ellery Queen. Nikki entró en él y emitió un sonido entrecortado.

La habitación se encontraba en un estado de desorden apabullante. El olor a tabaco rancio era sofocante. La mesa, situada al lado de la ventana, estaba cubierta de manuscritos, revistas, periódicos, ceniceros a medio llenar, lápices, gomas, pipas, paquetes arrugados de cigarrillos, una corbata hecha un acordeón, una zapatilla, tres campanillas de trineo y una de elefante, tres corchos puestos, milagrosamente, uno encima del otro e inclinándose como la Torre de Pisa y una máquina de escribir.

Annie pareció humillada.

– El señor Ellery no deja que nadie toque nada en esta habitación -arrugó la nariz y luego, yendo a la ventana, la abrió-. Quizá estará mejor con un poquito de aire, pero nunca se aireará como es debido con todas estas cosas en medio -miró con resentimiento los ceniceros rebosantes-. No deja que se los vacíe. Cuando se salen los vacía en ese tiesto de la esquina -indicó una larga jardinera azul, en la que había dos bastones, una barra de cortina, un trozo de cañería de plomo (un recuerdo de algún caso de asesinato resuelto hacía mucho tiempo) y algunas cestitas de mimbre para gatos. Fue hacia el dormitorio y lo cerró. Por lo menos, implicaban sus modales, los ojos de esta intrusa no profanarían el sancta sanctórum más interno del señor Ellery. Cogió un libro de un estante y se lo ofreció a Nikki.



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