
Al final del vestíbulo estaba el estudio de Ellery Queen. Nikki entró en él y emitió un sonido entrecortado.
La habitación se encontraba en un estado de desorden apabullante. El olor a tabaco rancio era sofocante. La mesa, situada al lado de la ventana, estaba cubierta de manuscritos, revistas, periódicos, ceniceros a medio llenar, lápices, gomas, pipas, paquetes arrugados de cigarrillos, una corbata hecha un acordeón, una zapatilla, tres campanillas de trineo y una de elefante, tres corchos puestos, milagrosamente, uno encima del otro e inclinándose como la Torre de Pisa y una máquina de escribir.
Annie pareció humillada.
– El señor Ellery no deja que nadie toque nada en esta habitación -arrugó la nariz y luego, yendo a la ventana, la abrió-. Quizá estará mejor con un poquito de aire, pero nunca se aireará como es debido con todas estas cosas en medio -miró con resentimiento los ceniceros rebosantes-. No deja que se los vacíe. Cuando se salen los vacía en ese tiesto de la esquina -indicó una larga jardinera azul, en la que había dos bastones, una barra de cortina, un trozo de cañería de plomo (un recuerdo de algún caso de asesinato resuelto hacía mucho tiempo) y algunas cestitas de mimbre para gatos. Fue hacia el dormitorio y lo cerró. Por lo menos, implicaban sus modales, los ojos de esta intrusa no profanarían el sancta sanctórum más interno del señor Ellery. Cogió un libro de un estante y se lo ofreció a Nikki.
