
– Si quiere leer algo mientras espera, éste es el último del señor Ellery -anunció con orgullo-. Y si necesita algo más, llámeme.
– Gracias -dijo Nikki.
De pronto, Annie se inclinó sobre ella; había desaparecido el rencor, tenía los ojos brillantes.
– No hay nada que me guste más que un buen asesinato. ¿A usted no, señorita?
Nikki parpadeó.
– Un asesinato verdaderamente bueno. ¿A usted no? -insistió Annie.
– ¡Oh! Oh, sí. Sí que me gustan.
– Sin embargo, yo nunca puedo imaginar quién fue el que lo hizo. Y le apuesto a que usted no adivina éste tampoco -dijo Annie, señalando el libro con la cabeza-. Bueno, tengo que hacer en la casa -se excusó, saliendo de la habitación.
Nikki miró a su alrededor. Evidentemente, Ellery Queen no era un buen tirador en lo que se refería a arrojar trocitos de papel arrugados a la papelera. La papelera, situada debajo del escritorio, estaba rodeada de ellos. Frente a la mesa había una silla tipo Morris, con la barra de latón en el último diente, de modo que el respaldo estaba inclinado hasta el máximo posible. Su posición sugería que el señor Queen estaba acostumbrado a sentarse en ella con los pies sobre el escritorio. Sobre el brazo plano de la silla había una curiosa colección de pequeños objetos blancos. Según parecía había estado cortando sus limpiadores de pipa y retorciendo los trocitos para hacer pequeñas figuras. La que ella cogió era un reno. También había un mono, un canguro, un elefante, un cerdo. Las tijeras asomaban por debajo de la máquina de escribir. Volvió a dejar el reno entre el resto del rebaño y sacudió la cabeza.
¡Así era como perdía el tiempo el señor Ellery Queen! Y según parecía, simplemente había echado a un lado las cosas de la mesa para hacer sitio a la máquina de escribir portátil. ¡Qué hombre! ¡Qué criaturas eran los hombres! ¿Cómo podía vivir entre tanto desorden un hombre con una mente como la suya?
