La alfombra de felpilla era gruesa, blanda al tacto de los pies de Jim. En las paredes colgaban pinturas al óleo de dioses y diosas griegos sobre las estanterías de solemnes libros que no habían sido abiertos desde el día en que Braun compró la biblioteca a uno de sus clientes. Las cortinas de terciopelo de un marrón oscuro hacían que las sillas y el canapé, tapizados también en terciopelo, pareciesen más solemnes.

Se dirigió al gabinete y encendió la luz. Desde el techo, varios focos iluminaban la estatua de John Braun. Durante un instante, Jim contempló con hostilidad el brazo musculoso, los tendones del cuello, el ancho pecho y las fuertes y bien formadas piernas. Luego apagó los focos, volvió al escritorio y se quedó mirando la puerta del dormitorio. Estaba todavía contemplándola, cuando se abrió rápidamente y Henderson, seguido por Garten, entró en la habitación.

El doctor Garten cerró la puerta con cuidado.

– Bueno, ya está -anuncio-. Debo decir que admiro el valor de ese hombre más que sus modales.

– No me extrañaría que pensase que los tres somos, de alguna forma misteriosa, responsables de su cáncer, -el doctor Henderson encogió sus pesados hombros. Tendió su mano a Jim Rogers-. No le envidio su paciente -dijo sonriendo.

– Gracias por haber venido -dijo Jim, dando la mano a Henderson y Garten-. Haré todo lo que pueda para impedir que piense en sí mismo.

– Eso es todo lo que puede hacer -dijo Garten mientras que él y Henderson se dirigían al vestíbulo-. Adiós y buena suerte.

Jim esperó hasta escuchar sus pasos sobre el desnudo suelo del vestíbulo. Luego se dirigió resueltamente hacia la puerta del dormitorio. La abrió y entró en él.

Con la cabeza sostenida por las almohadas, John Braun miró ferozmente a Jim Rogers. Su esposa, una mujer tímida y descolorida de cincuenta años, estaba sentada al lado de la cama; volvió hada él sus ojos llenos de lágrimas.



6 из 110