
– ¡Oh, Jim! -sollozó.
– Fuera de aquí, Rogers -rugió Braun-. Fuera. Ya hizo todo el mal que podía hacer. En vista de que estoy igual que si estuviese muerto, me puedo pasar muy bien sin sus servicios.
– Señor Braun, por favor, por usted mismo. Enfadarse y excitarse sólo…
– ¡Fuera!
– Es muy importante, señor Braun.
– ¡Fuera! -Braun señaló la puerta imperiosamente-. ¡Fuera!
Una gota de sudor resbaló por su frente, al lado de la nariz, y colgó, brillando, en la comisura de su boca.
El gesto de Jim se endureció. Eso fue todo. Giró sobre sus talones y se marchó.
– ¡Oh!, John, no deberías -la señora Braun escondió su cara entre sus manos y siguió sollozando-. No deberías, John.
– Mira, Lidia -dijo Braun con voz severa-. Tus lloriqueos no sirven de nada. Me han dado mi certificado de defunción, pero no te creas que John Braun es un cobarde llorón. ¡Tendrías que saberlo, después de tantos años! Es tiempo de acción; acción, no gimoteos.
– Sí, John; sí -dijo ella tímidamente, limpiándose las lágrimas con un pequeño pañuelo-. Eso es lo que te iba a preguntar. Quieres que busque a Barbara ahora, ¿verdad John?
Braun no se habría incorporado con más rapidez si su esposa le hubiera abofeteado. Sus ojos inyectados en sangre estaban furiosos.
– ¡Barbara! -gritó, y luego, de pronto, su voz se tornó gutural-. No quiero ver a Barbara. No quiero oír nada sobre ella ni de ella. No quiero hablar sobre ella. No existe. ¿Me oyes?
– Pero, John, tu propia hija, tu único descendiente -murmuró la señora Braun-. No puedes hacer eso. Tenemos que encontrarla, traerla de nuevo.
– ¡Tonterías! Barbara dejó de ser mi hija en el momento en que se volvió contra mí. Escogió por sí misma. Ahora deja que persevere en ello.
– Pero, John, tú la obligaste a ello -declaró la señora Braun con un resurgimiento repentino de valor.
