
– ¿Yo la obligué? -gritó él-. ¡Le prohibí casarse con ese curandero: Jim Rogers! Le prohibí casarse con un asqueroso borracho que sólo la quería por su dinero, ¡y tú le llamas a eso echarla de casa!
– Pero, John, tú mismo trajiste a Jim a vivir aquí. Dijiste que era un joven brillante, que no tenía precio para ti.
– Rogers servía para algunos objetivos del negocio. ¡Eso es todo! De otra forma le habría arrojado al arroyo, adonde pertenece. Pero ¿qué tiene esto que ver? Si Barbara es tan idiota que se cuela por un borrachín, ¿voy a tener yo la culpa por haberle empleado? ¡No me regañes, Lidia! -Braun cayó otra vez sobre las almohadas-. No me regañes, Lidia -repitió, y su voz era más suave. Luego dijo entre dientes-: No le tengo miedo a la muerte. He creído en la salud, salud corporal. Ha sido mi vida, mi religión. Y ahora todo destrozado. Mi cuerpo, mi vida. Dios me ha enseñado que he estado viviendo una mentira; una mentira sin valor alguno.
La señora Braun empezó a llorar otra vez. Braun le dio palmaditas en el hombro.
– Ahora, querida, déjame solo. Tengo mucho que pensar. Vete -sacó sus piernas de la cama y se sentó, contemplando la alfombra.
Ella pudo ver que de nuevo había arrojado de su mente a ella, a Barbara, a todos. Con una intensidad típica en él, se estaba concentrando en algún problema personal, uno de los muchos problemas que nunca le había sido permitido compartir. Una sensación de soledad se apoderó de ella.
La señora Braun se levantó y, sin mirar a su esposo, huyó de la habitación de la muerte.
En el cuartel general de la policía
– Oye, Ellery, he conseguido una copia de tu nuevo libro. ¿Qué tal si me estampas tu firma en él para mí?
El sargento Velie, un hombre enorme con largos brazos, largas piernas y un pecho de gorila, bajó la vista hacia Ellery Queen, que se recostaba en la silla giratoria del sargento detrás del escritorio.
