—¡Escuchad! —gritó—. ¡No necesitáis esas condenadas botas! No tenéis auténtica necesidad de mi chaqueta o de mi cepillo de dientes o de mi cuaderno de notas. Esta zona está limpia, así que ¿para qué necesitáis mi contador Geiger? No soy tan estúpido como para creer que me vais a devolver la escopeta, pero sin algunas de las otras cosas moriré, ¡malditos seáis!

El eco de su discurso pareció derramarse por la ladera de la montaña, dejando una estela de sepulcral silencio.

Luego, hubo un susurro en los matorrales y el corpulento jefe de los bandidos se puso en pie. Escupió con aire desdeñoso y chasqueó los dedos en un gesto dirigido a los otros.

—Ahora ya sé que no tienes armas —les dijo. Frunció las pobladas cejas e hizo un ademán en dirección a Gordon—. Corre, conejito. ¡Corre o te desollaremos y serás nuestra cena! —Sopesó la escopeta de Gordon, se dio la vuelta y caminó lenta y despreocupadamente sendero abajo. Los demás le siguieron, riendo.

Roger Septien se encogió de hombros en dirección a la ladera de la montaña y sonrió, después recogió su parte del botín y siguió a sus compañeros. Desaparecieron tras un recodo del angosto sendero forestal; pero en los minutos que siguieron, Gordon oyó el suave sonido cada vez más leve de alguien que silbaba alegremente.

«¡Qué imbécil!» Siendo mínimas las posibilidades que le quedaban, las había desperdiciado completamente al apelar a la razón y la caridad. En una época encarnizada, nadie hacía eso salvo por impotencia. La incertidumbre de los bandidos se había evaporado tan pronto como pidió estúpidamente juego limpio.

Era evidente que habría podido disparar su 38, malgastando una valiosa bala para demostrar que no estaba del todo indefenso. Eso los hubiera obligado a tomarlo en serio de nuevo…



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