—Ay —repitió—. Recuerdo haber mencionado esa posibilidad a mis camaradas. Nuestras mujeres podrían encontrar algún uso para las barras de aluminio de tu tienda y el armazón de la mochila, pero he sugerido que dejáramos la bolsa de nilón y la tienda, que a nosotros no nos sirven. Hmm, eso hemos hecho en cierto sentido. Sin embargo, no creo que apruebes las… alteraciones hechas por Wally.

Aquella estridente risa volvió a oírse desde los matorrales. Gordon se hundió levemente.

—¿Qué hay de mis botas? Todos parecéis bastante bien calzados. ¿Le van bien a alguno? ¿Podríais dejarlas? ¿Y mi chaqueta y mis guantes?

Septien tosió.

—Ah, sí. Son los artículos principales, ¿no es cierto? Aparte de la escopeta, por supuesto, la cual es innegociable.

Gordon escupió. «Por supuesto, idiota. Sólo un cretino expresa lo obvio.»

De nuevo se dejó oír la voz del jefe, amortiguada por el follaje. Y otra vez se produjeron risas. Con expresión de pesar, el ex agente de bolsa suspiró.

—Mi jefe pregunta qué ofreces a cambio. Por supuesto, sé que no tienes nada. Pero a pesar de ello, debo preguntar.

A decir verdad, Gordon poseía unas cuantas cosas que podían interesarles. La brújula del cinturón, por ejemplo, y un cuchillo suizo del ejército.

Aunque ¿cuáles eran sus posibilidades de pactar un intercambio y salir con vida? No se necesitaba telepatía para saber que aquellos bastardos únicamente jugaban con su víctima.

Una ardiente cólera le invadió, especialmente por la falsa muestra de compasión de Septien. Había sido testigo de esta combinación de cruel desprecio y civilizados modales en personas educadas de antaño, en los años transcurridos desde el Colapso. En su opinión, la gente así era mucho más despreciable que quienes simplemente habían sucumbido a la barbarie de los tiempos.



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