
«¿Por qué no lo he hecho? ¿Estaba demasiado asustado?»
«Posiblemente —admitió—. Es probable que muera esta noche a la intemperie, pero faltan todavía algunas horas, las suficientes para que lo pueda considerar como una amenaza abstracta, menos aterradora e inmediata que cinco hombres despiadados con pistolas.»
Se golpeó la palma de la mano con el puño.
«Oh, déjalo, Gordon. Puedes psicoanalizarte esta noche, mientras te mueres de frío. De lo que puedes estar seguro, sin embargo, es de que eres un completo necio, y de que probablemente estás ante tu fin.»
Se puso en pie con rigidez y comenzó a bajar por la ladera con precaución. Aunque no se encontraba del todo dispuesto a admitirlo, Gordon sintió la creciente certeza de que sólo podía existir una solución, una remota posibilidad de escapar del desastre.
Tan pronto como se vio libre de la maleza, Gordon fue cojeando hasta la corriente del arroyo para lavarse la cara y los arañazos más profundos. Se apartó de los ojos los mechones de pelo castaño empapados en sudor. Los arañazos le dolían terriblemente pero ninguno tenía tan mal aspecto como para inducirlo a utilizar el delgado tubo de preciado yodo que llevaba en la bolsa del cinturón.
Volvió a llenar la cantimplora y se puso a pensar.
Además de la pistola y de la ropa casi destrozada, una navaja y una brújula, su bolsa contenía un equipo de pesca en miniatura que podía resultar útil si llegaba a cruzar las montañas hasta un remanso de agua decente.
Y por supuesto diez cartuchos sobrantes para el 38, pequeñas, benditas reliquias de la civilización industrial.
Al principio, durante las revueltas y la gran escasez, había parecido que lo único que nunca iba a acabarse era la munición. Si en el cambio de siglo América hubiese almacenado y distribuido comida con la mitad de eficacia de la que sus ciudadanos habían empleado para acumular montañas de balas.
