Gordon sentía cómo se le clavaban los pedruscos en su dolorido pie izquierdo mientras, con cautela, se apresuraba a regresar a su antiguo campamento. Estaba claro que sus casi deshechos mocasines no lo llevarían a ninguna parte. Sus destrozadas prendas serían tan eficaces contra las frías noches otoñales en la montaña como sus ruegos lo habían sido contra el duro corazón de los bandidos.

El pequeño claro donde había acampado hacía sólo una hora estaba ya desierto, pero sus temores quedaron eclipsados por los estragos que encontró allí.

Su tienda había sido convertida en un montón de hebras de nailon, su saco de dormir en una pequeña nevada de plumón de ganso. Lo único que Gordon encontró intacto fue el delgado arco que había estado tallando de un arbolito talado, y un cordaje experimental de tiras de tripa de venado.

«Probablemente pensaron que era un bastón.» Dieciséis años después de que la última fábrica hubiese ardido, los asaltantes de Gordon habían pasado por alto completamente el valor potencial del arco y las cuerdas para cuando la munición se agotara.

Utilizó el arco para hurgar entre los desechos, buscando alguna otra cosa que recuperar.

«No puedo creerlo. ¡Se han llevado mi diario! Ese cretino de Septien probablemente tiene intención de entretenerse con él en la época de las nevadas, riéndose de mis aventuras y de mi candidez mientras mis huesos son roídos por los pumas y los buitres.»

Por supuesto, toda la comida había desaparecido: la carne, la bolsa de cereales molidos que le habían dado en una aldea de Idaho a cambio de unas cuantas canciones e historias, la pequeña provisión de durísimos pastelillos que había encontrado en las entrañas mecánicas de una máquina expendedora.

«Puedo admitir lo de los pastelillos —pensó Gordon mientras recogía del suelo su cepillo de dientes destrozado—. Pero, ¿por qué demonios han tenido que hacer esto?»



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