
Al final del Invierno de los Tres Años, mientras los supervivientes de su pelotón militar luchaban aún para conservar los silos de soja de Wayne, Minnesota, en nombre de un gobierno del que nadie había oído hablar durante meses, cinco de sus camaradas habían muerto a causa de atroces infecciones bucales. Fueron muertes terribles y sin gloria, y nadie estuvo seguro de si el responsable de aquello fue uno de los gérmenes de la guerra, o el frío y el hambre y la casi total carencia de higiene moderna. Todo lo que Gordon sabía era que el espectro de sus dientes pudriéndose se había convertido en su pesadilla personal.
«Cabrones», pensó al tirar el cepillo.
Recorrió los destrozos por última vez. Nada había allí para hacerle cambiar de idea.
«Te estás retrasando. Ve. Hazlo.»
Gordon emprendió la marcha un poco envarado. Pero pronto bajó por el sendero tan rápida y silenciosamente como pudo, abriéndose paso a través de la maleza absolutamente seca.
El fornido jefe de los forajidos había prometido que se lo comerían si volvían a encontrarse. El canibalismo había sido algo común en los primeros tiempos, y aquellos hombres de montaña podían haber adquirido el gusto por el «gran puerco». Aunque así, tenía que persuadirlos de que un hombre sin nada que perder debe ser tenido en cuenta.
Durante aproximadamente un kilómetro fue encontrando sus huellas: dos con los suaves contornos de la piel de ciervo y tres de suelas Vibram anteriores a la guerra. Caminaban sin prisas, y no le sería difícil alcanzarlos.
Sin embargo, no era eso lo que se proponía. Trató de recordar su subida por aquel mismo camino esa mañana.
«El camino desciende al serpentear hacia el norte, por la cara este de la montaña, antes de desviarse otra vez hacia el sur y el este penetrando en el desierto valle de abajo.
»Pero, ¿y si atajase por encima del camino principal y atravesara la ladera más arriba? Tal vez lograra caer sobre ellos mientras es aún de día… mientras aún se regocijan y no esperan nada.»
