«Sí, eso es mucho mejor. Igual que tener una bomba de relojería rellena de nitroglicerina.»

Realmente, odiaba todas sus alternativas. Echó a correr, agachándose bajo las ramas y esquivando mustias cepas mientras avanzaba por la angosta senda. Pronto lo invadió una extraña euforia. Se sentía seguro, y ninguna de sus típicas dudas se interpondría ahora en su camino. La adrenalina de la lucha casi lo embriagó mientras su carrera se hacía más rápida e iba pasando veloz junto a borrosos arbustos. Saltó un podrido tronco de árbol derribado y…

Cuando el pie izquierdo llegó al suelo sintió un agudo dolor que le subió por la pierna, como si algo le hubiese atravesado los frágiles mocasines. Cayó de bruces contra los guijarros del seco lecho de un río.

Gordon rodó apretándose la herida. Con ojos húmedos y dilatados por el dolor vio que la causa había sido un trozo de grueso cable de acero, oxidado y torcido, sin duda abandonado tras alguna antigua operación de rastreo anterior a la guerra. De nuevo, mientras la pierna le dolía de forma terrible, sus primeros pensamientos fueron absurdamente lógicos.

«Dieciocho años después de la última inyección contra el tétanos. Estupendo.»

Pero no, no le había producido ningún corte, sólo le había hecho caer.

No obstante, eso ya era suficiente. Se agarró el muslo y apretó la boca con fuerza, tratando de resistir un horrible calambre.

Finalmente los temblores remitieron y pudo arrastrarse hasta el árbol caído. Después, se irguió con precaución para sentarse. Suspiró entre los dientes aún apretados mientras las oleadas de dolor cesaban lentamente.

Durante todo ese rato oyó a los bandidos que pasaban un poco más abajo de donde él se encontraba, lo que significaba que había perdido la oportunidad de llegar antes que ellos, lo cual era su única ventaja.

«¡Al infierno todos esos grandes planes de atacar su guarida!» Mantuvo el oído aguzado hasta que las voces se perdieron sendero arriba.



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