Por último Gordon utilizó el arco como bastón para intentar ponerse en pie. Dejó descansar su peso lentamente sobre la pierna izquierda y le pareció que lo sostendría aunque aún temblaba un poco.

«Hace diez años habría podido sufrir una caída como ésta y levantarme y echar a correr sin pensarlo. Afróntalo. Estás obsoleto, Gordon. Quemado. En estos tiempos, tener treinta y cuatro años y estar solo es igual que hallarse dispuesto para morir.»

Ya no habría emboscada. Ni siquiera podría perseguir a los bandidos, no por el camino ascendente hasta aquella hendidura de la montaña. Sería inútil tratar de seguir sus huellas en una noche sin luna.

Dio unos pasos cuando la palpitación cedió. Pronto fue capaz de andar sin apoyarse demasiado en el improvisado bastón.

Bien, ¿pero adonde ir? Quizá debiera pasar el resto del día buscando una cueva, un montón de agujas de pino, cualquier cosa que le ofreciese una oportunidad de sobrevivir a la noche.

En el creciente frío, Gordon observó cómo las sombras se extendían sobre el suelo del desierto valle, trepando por las faldas de las montañas cercanas y oscureciéndolas. El rojizo sol se introducía en las grietas de la cadena de nevadas cumbres situada a su izquierda.

Estaba de cara al norte, incapaz aún de reunir la suficiente energía para moverse, cuando su mirada quedó atrapada en un súbito destello de luz, un agudo reflejo contra la ondulante vegetación verde de la ladera opuesta al estrecho paso. Protegiendo todavía su débil pie, Gordon dio unos cautelosos pasos al frente. Frunció el entrecejo.

Los incendios forestales que habían calcinado un gran sector de las resecas Cascadas habían perdonado los tupidos bosques de aquella parte de la ladera. Y sí, algo en el camino estaba captando la luz del sol como un espejo. Dados los desniveles del terreno supuso que el reflejo sólo podía ser visto desde el punto en que se encontraba y únicamente a última hora de la tarde.



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