Así que había supuesto mal. La guarida de los bandidos no estaba en la cavidad situada sobre el paso y al oeste, sino mucho más cerca. Sólo un golpe de suerte se lo había revelado.

«¿Me estás dando pistas ahora? ¿Ahora? —Acuso al mundo—. ¿No tengo ya bastantes problemas tal como están las cosas, sin que se me ofrezca una posibilidad para que me agarre a ella?»

La esperanza constituía una adicción. Lo había conducido hacia el oeste durante media vida. Cuando ya iba a rendirse, Gordon se encontró esbozando un nuevo plan.

¿Podía intentar robar en una cabaña llena de hombres armados? Se imaginó a sí mismo abriendo la puerta de una patada ante los ojos atónitos de los otros, paralizándolos a todos con la pistola en una mano mientras con la otra los ataba.

¿Por qué no? Seguramente estaban borrachos, y él se encontraba lo bastante desesperado para intentarlo. ¿Podría coger rehenes? ¡Demonios, incluso una cabra lechera sería más valiosa para ellos que sus botas! Si capturaba a una mujer podría negociar para conseguir algo más.

La idea le dejó un sabor amargo en la boca. Todo dependía de que el jefe de los bandidos se comportase racionalmente. ¿Reconocería aquel cabrón el poder secreto de un hombre desesperado y lo dejaría irse con lo que necesitaba?

Gordon había visto a los hombres actuar por orgullo estúpidamente. La mayoría de las veces. «Si esto provoca una persecución, estoy perdido. Ahora no podría aventajar ni a un tejón.»

Miró el reflejo y decidió que, en definitiva, tenía poco donde elegir.


La marcha fue lenta desde el principio. Aún le dolía la pierna y tenía que detenerse cada treinta metros para escrutar senderos que confluían y se entrecruzaban, buscando el rastro de sus enemigos. Se encontró también observando entre las sombras para descubrir posibles emboscadas, y decidió dejar de hacerlo. Aquellos hombres no eran holnistas. Por el contrario, parecían indolentes. Gordon supuso que sus vigilantes estarían cerca de la casa, si es que había alguno.



20 из 313