
«Palabras sobre papel.»
Arrastrando el cuerpo entre correosos y duros helechos casi pudo ver las letras, negro sobre blanco. Y aunque no logró recordar el nombre del autor, las palabras le llegaron con gran claridad.
Salvo la Muerte misma, no existe nada que constituya una derrota «total»… Nunca se produce un desastre tan devastador que no permita que una persona decidida rescate algo de las cenizas, arriesgando todo aquello que le ha quedado…
Nada en el mundo es más peligroso que un hombre sumido en la desesperación.
Cordón deseó que el escritor, fallecido hacía tiempo, estuviese allí en aquellos momentos, compartiendo su situación. Se preguntó a qué podría agarrarse el tipo en la presente catástrofe.
Cubierto de arañazos y contusiones a causa de su desesperada huida entre aquella densa vegetación, reptó tan silenciosamente como pudo, deteniéndose para yacer inmóvil y cerrar los ojos con fuerza cada vez que el polvo en suspensión parecía a punto de hacerle estornudar. Era un lento y doloroso avance, y ni siquiera estaba seguro de adonde se dirigía.
Pocos minutos antes se hallaba tan cómodo y bien aprovisionado como cualquier viajero solitario podría esperar en aquellos días. Ahora, Cordón se había quedado con no mucho más que una camisa rota, unos vaqueros gastados y unos mocasines; y las espinas los estaban haciendo trizas.
Un agudo dolor seguía a cada nuevo arañazo en los brazos y espalda. Pero en esta pavorosa jungla, seca como un hueso, no cabía hacer nada excepto arrastrarse hacia adelante y rezar para que el tortuoso sendero no lo devolviera a sus enemigos, que en realidad ya le habían matado.
Al fin, cuando había empezado a pensar que la infernal espesura no terminaría nunca, apareció un claro ante él. Una angosta hendidura dividía los helechos y daba paso a un declive de rocas desprendidas. Gordon se vio libre de las espinas, rodó hasta quedar de espaldas y miró hacia el brumoso cielo, agradeciendo simplemente el aire no contaminado por el calor de la seca podredumbre.
