
«Bienvenido a Oregón —pensó amargamente—. Y yo que creía que Idaho era malo. —Alzó un brazo y trató de quitarse el polvo de los ojos—. ¿O sólo es que me estoy haciendo demasiado viejo para este tipo de cosas?»
Después de todo, ya había sobrepasado los treinta, expectativa de vida bastante superior a la normal para una persona a quien el holocausto había lanzado a una vida errante.
«Oh, Señor, ojalá estuviera en casa de nuevo.»
No estaba pensando en Minneapolis. La llanura era hoy un infierno del que él había tratado de escapar durante más de una década. No, casa significaba para Gordon algo más que un lugar concreto.
«Una hamburguesa, un baño caliente, música…
… una cerveza fría…»
Cuando su respiración dificultosa se normalizó, otros ruidos pasaron a primer plano: el inequívoco bullicio del reparto de un botín.
Provenía de unos treinta metros más abajo en la ladera de la montaña. Carcajadas, mientras los complacidos ladrones se repartían las pertenencias de Gordon.
«… unos cuantos polis amistosos de la vecindad…», dijo Gordon, clasificando aún con los criterios de un mundo desaparecido desde hacía mucho tiempo.
Los bandidos lo habían cogido desprevenido mientras saboreaba un té de bayas junto a una fogata preparada para la noche. Desde el primer instante, cuando se precipitaron por el sendero hacía él, había estado claro que aquellos sujetos de mala catadura le matarían en cuanto lo vieran.
Él no había esperado a que se decidieran. Arrojando té hirviendo al primer rostro barbudo, se lanzó a las zarzas cercanas. Dos disparos le habían seguido, y eso fue todo. Probablemente, su cadáver no valía tanto para los ladrones como una irremplazable bala. Ya tenían sus pertenencias, de todos modos.
