
«O probablemente lo pensaban.»
La sonrisa de Gordon fue amarga y mecánica al incorporarse con cautela y retroceder por el saliente rocoso hasta hallarse seguro de que no era visible desde la parte baja de la ladera. Limpió de ramitas su cinturón de viaje y sacó la cantimplora medio llena para tomar un trago largo y del todo necesario.
«Bendita seas, paranoia», pensó. Ni una sola vez desde la guerra Fatal había dejado que su cinturón estuviese a más de un metro de su lado. Era la única cosa que había conseguido coger antes de lanzarse hacia las zarzas.
El metal gris oscuro de su revólver del 38 brilló, incluso bajo la fina película de polvo, al extraerlo de la funda. Gordon sopló en la chata punta del arma y comprobó atentamente su mecanismo. Leves chasquidos testimoniaron con escueta elocuencia la habilidad y letal precisión de otra época. Incluso para matar, el viejo mundo se las había arreglado bien.
«Especialmente para matar», recordó Gordon.
Oyó unas groseras carcajadas procedentes de la parte baja de la ladera.
Normalmente sólo viajaba con cuatro cartuchos en el cargador. Sacó ahora dos valiosos cartuchos más de un bolsillo del cinturón y llenó las cámaras vacías debajo y detrás del percutor. La seguridad de las armas de fuego ya no era demasiado importante, especialmente porque, de todas formas, esperaba morir esa tarde.
«Dieciséis años persiguiendo un sueño —pensó Gordon—. Primero aquella larga y fútil lucha contra el colapso… debatiéndose para sobrevivir durante el Invierno de los Tres Años… y finalmente, más de una década trasladándose de un lugar a otro, eludiendo la peste y el hambre, luchando contra los malditos holnistas y las jaurías de perros salvajes… media vida pasada como un errante juglar de la edad oscura, actuando para obtener comida y salir del paso un día más, mientras buscaba…
… algún lugar…»
