Gordon sacudió la cabeza. Conocía muy bien sus propios sueños. Eran las fantasías de un necio, y no tenían cabida en el mundo actual.

«… algún lugar donde alguien estuviera asumiendo la responsabilidad…»

Desechó aquellos pensamientos. Fuera lo que fuese lo que estaba buscando, su búsqueda parecía haber concluido allí, en las secas y frías montañas de lo que una vez fuera el este de Oregón.

Por los ruidos procedentes de abajo dedujo que los bandidos se preparaban para partir, dispuestos a marcharse con lo robado. Tupidos grupos de enredaderas resecas impedían a Gordon ver la parte baja del declive entre los grandes pinos, pero pronto apareció un hombre corpulento con un descolorido abrigo de caza a cuadros en la dirección en que había estado su campamento, avanzando hacia el noroeste por una senda que conducía al pie de la montaña.

La indumentaria del hombre confirmó lo que Gordon recordaba de aquellos borrosos segundos del ataque. Al menos sus asaltantes no vestían atuendos militares… la marca de los supervivencialistas de Holn.

«Deben de ser bandidos comunes, carne de cañón, que-se-asen-en-el-infierno.»

De ser así, había una mínima posibilidad de que el plan que tenía en la cabeza diera algún resultado.

Tal vez.

El primer bandido llevaba la chaqueta de Gordon para todo tiempo atada a la cintura. En su brazo derecho se mecía la escopeta que Gordon había llevado consigo durante todo el trayecto desde Montana.

—¡Vamos! —gritó el barbudo ladrón de espaldas al sendero—. Ya basta de comentarios. ¡Reunid esas cosas y cargadlas!

«El jefe», decidió Gordon.

Otro hombre, más bajo y andrajoso, se dejó ver de pronto acarreando un saco de tela y un baqueteado rifle.

—¡Muchacho, qué trofeo! Debemos celebrarlo. Cuando hayamos llevado estas cosas, ¿podremos tomar toda la bebida que queramos, Jas? —el pequeño ladrón aguardó como un pájaro nervioso—. Muchacho, Sheba y las chicas se desternillarán cuando sepan lo del conejito que hemos echado a los espinos. ¡Nunca he visto nada correr tan rápido! —cloqueó.



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