Gordon frunció el entrecejo ante el insulto añadido al daño. Era igual en casi todas las partes que había visitado: la insensibilidad tras el holocausto a la que nunca había llegado a acostumbrarse ni aun después de tanto tiempo. Escrutando con un solo ojo por entre la maleza que bordeaba la hendidura, inspiró profundamente y gritó:

—¡Yo no contaría con emborracharme aún, Osobuco! —La adrenalina dio a su voz un tono más agudo del que deseaba, pero no podía evitarlo.

El tipo grande se dejó caer torpemente en el suelo, intentando ponerse a cubierto detrás de un árbol cercano. El salteador flaco, sin embargo, miró boquiabierto hacia arriba.

—¿Qué…? ¿Quién está ahí?

Gordon se sintió ligeramente aliviado. Su conducta confirmaba que esos hijos de perra no eran auténticos supervivencialistas. Sin duda no holnistas. Si lo hubiesen sido, ahora probablemente él estaría muerto.

Los demás bandidos, Gordon contó un total de cinco, bajaron rápidamente por el sendero acarreando los objetos de su pillaje.

—¡Agachaos! —ordenó el jefe desde su escondrijo.

El escuálido pareció percatarse de lo expuesto de su posición y corrió a unirse a sus compañeros tras la espesura.

Todos excepto un ladrón, un sujeto cetrino de cortas patillas medio encanecidas y un sombrero alpino. Éste, en vez de esconderse, avanzó un poco, mordisqueando una aguja de pino y ojeando la maleza de modo indiferente.

—¿Por qué, hermano? —preguntó con sosiego—. Ese pobre tipo llevaba encima poco más que la piel cuando nos lanzamos sobre él. Tenemos su escopeta. Vamos a descubrir lo que quiere.

Gordon mantuvo agachada la cabeza. Pero no pudo dejar de notar la lánguida y afectada pronunciación del sujeto. Era el único que iba bien afeitado e incluso, desde el lugar en que se encontraba, Gordon pudo apreciar que llevaba la ropa más limpia, más cuidada.



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