
Un ronco gruñido del jefe bastó para que el tranquilo bandido se encogiera de hombros y, pausadamente, se situara tras un pino ahorquillado. Apenas a cubierto, gritó hacia la ladera:
—¿Estás ahí, señor Conejo? De ser así, lamento mucho que no te quedaras para invitarnos a té. Aunque, sabiendo cómo Jas y Pequeño Wally tienden a tratar a las visitas, supongo que no puedo culparte porque te largaras.
Gordon no podía creer que fuera a seguir la broma de aquel imbécil. Pero lo hizo.
—Eso imaginé en aquel momento —gritó—. Gracias por comprender mi falta de hospitalidad. A propósito, ¿con quién hablo?
El alto individuo sonrió ampliamente.
—¿Con quién…? Ah, un gramático. Qué gozo. Hace tanto tiempo que no oigo una voz educada —el otro se quitó el sombrero alpino e hizo una reverencia—. Soy Roger Everett Septien, en tiempos agente de cambio y bolsa de la Pacific Stock Exchange, y en la actualidad un asaltante. En cuanto a mis colegas…
Los matorrales susurraron. Septien escuchó, y finalmente se encogió de hombros.
—Ah —dijo a Gordon—. En situación normal me tentaría la oportunidad de tener una auténtica conversación; estoy seguro de que tú la deseas tanto como yo. Desgraciadamente, el jefe de nuestra pequeña hermandad de degolladores insiste en que descubra lo que quieres y dé el asunto por terminado. Así que haz tu discurso, Señor Conejo. Somos todo oídos.
Gordon sacudió la cabeza. El sujeto obviamente se consideraba ingenioso, pero su humor era pésimo, incluso si se medía por el nivel de la posguerra.
—Observo que no lleváis todas mis pertenencias. ¿No habréis decidido por casualidad coger sólo lo que necesitáis y dejarme lo suficiente para sobrevivir?
Se oyó una estrepitosa risotada procedente de los matorrales de abajo; luego un torrente de soeces carcajadas se unieron a ella. Roger Septien miró a derecha e izquierda, y levantó las manos. Su exagerado suspiro pareció denotar que él, al menos, apreciaba la ironía de la pregunta de Gordon.
