– Lo único que queremos saber mis amigos y yo es a cuánto sube la comisión -dijo el Ratón.

– Debes de estar loco, negro -exclamó Robert.

El Ratón amartilló su pistola mientras preguntaba:

– ¿Qué has dicho?

El matón miró directamente a los ojos del Ratón, color gris acero. Vio algo en ellos.

– El diez por ciento -murmuró.

El Ratón sonrió.

Salimos del almacén junto a la playa con 3.500 dólares en el bolsillo. El Ratón dio quinientos dólares a Mercury y otros tantos a Chapman, y se repartió el resto conmigo.

Los ladrones abandonaron su vida criminal aquel mismísimo día. Nunca había visto nada semejante. Normalmente, un ladrón nunca deja de ser un ladrón, aunque lo metan en la cárcel. Pero aquellos hombres echaron raíces e iniciaron una nueva vida. Se casaron con dos hermanas, Blesta y Jolie Ridgeway, y se pusieron a trabajar en la construcción.

Cuando supe que John estaba construyendo, se los presenté. Jewelle había organizado un grupo de trabajadores itinerantes que iban de una obra a otra de sus diferentes inversores. Pero todas las obras necesitaban un par de empleados permanentes para hacer los trabajos de detalle y preparar las obras mayores.

– … y además, cada casa será distinta -decía John-. Ladrillos, aluminio, madera y yeso. Con uno, dos y tres dormitorios.

– Odias todo esto, ¿verdad, John?

Una vieja dureza asomó entonces en el rostro del antiguo camarero, una expresión que de alguna manera, sin embargo, parecía hasta feliz.

– Sí, Easy. Aquí estoy, todo el día al sol. Maldita sea. Yo ya soy lo bastante negro de por sí.

– Entonces, ¿por qué lo haces, hombre? ¿Crees que vas a hacerte rico?

– Alva Torres -dijo.

No conocía bien a la novia de John. Ella no aprobaba a sus antiguos amigos, de modo que él había dejado de ver a la mayoría. Yo hablaba por teléfono con ella de vez en cuando, pero raramente nos veíamos.



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