
Alva era alta y delgada, con una belleza pura, sin mácula, y dura… ese tipo de belleza extraída del dolor y el éxtasis de lo que significa ser negro en este país.
A Alva yo no le gustaba, pero yo lo aceptaba porque una vez vi sonreír a John cuando alguien mencionaba el nombre de ella.
– Quiere que me retire de la vida nocturna, y no puedo decirle que no -dijo John, mansamente.
– ¿Y qué quieres de mí, pues? -le pregunté.
– ¿Por qué no me llevas en coche hasta casa? Allí hablaremos mejor que aquí.
– Eh, señor Rawlins. -Me llamaba Mercury Hall. Cruzaba la empinada carretera de tierra, dando palmadas para sacudirse las manos como si fueran borradores de pizarra llenos de tiza.
– Mercury. -Le estreché la mano y sonreí-. Veo que todavía sigues jugando a ser un ciudadano honrado.
– Ah, sí -exclamó-. Sigo.
– ¡Señor Rawlins! -gritaba Kenneth Chapman. Era un hombre de color ocre, muy delgado, con los rasgos anchos de nuestra raza. Su sonrisa era la más enorme que había visto yo en una boca humana.
– Hola, Chapman. No escatimes los clavos ahora.
Lanzó una risotada enorme.
– Vamos, Easy -dijo John.
Por el tono de su voz supe que lo que me iba a pedir John me costaría algunos sudores.
4
John y Alva vivían en un edificio de apartamentos en forma de caja junto a Santa Bárbara y Crenshaw. Los muros exteriores estaban estucados de blanco con trazos brillantes. Aquí y allá se veían agujeros de bala, pero eso era bastante normal. Aquella zona de Los Angeles estaba llena de texanos. La mayoría de los texanos llevan armas. Y si uno lleva un arma, tarde o temprano la acaba disparando.
La escalera y los vestíbulos eran externos, de forma que el edificio de apartamentos parecía un motel barato. John y yo subimos hasta el tercer piso. Mientras él buscaba sus llaves, miré al otro lado de la calle. Tres pisos era una gran altura en L.A. en 1964. Veía todo el camino que llevaba hasta el centro: una sucesión de edificios de granito parecidos a mil decorados de películas que había visto.
