
Enfrente se encontraba un edificio de oficinas recién construido y todavía vacío junto a un solar lleno de coches usados. Aquello también me hizo sonreír. Siento debilidad por los coches usados. Son como viejos amigos, como miembros de la familia a los que quieres, aunque siempre acaban causándote problemas.
– Por aquí, Easy. -John había introducido la llave en la cerradura y abrió la hueca puerta de madera. Me hizo el gesto de que pasara y pasé.
La habitación era del tamaño de la cabina de un barco, apenas más ancha que alto era yo. Los muebles eran de bambú barato, con asientos de falso cuero azul, y las paredes, aunque tenían el lustre de la pintura, eran de un color indefinible.
Me senté en un reposapiés en forma de hamaca y observé al camarero convertido en constructor.
Él entró en lo que me pareció un armario y me dijo:
– ¿Qué quieres tomar?
Era la pregunta que más le había oído hacer a John. Mi respuesta más común era «whisky», pero por entonces se habían terminado ya mis días de bebedor.
Me levanté para ver qué tipo de bar podía haber montado John en un armario, pero me encontré con una cocina en miniatura. Un fogón diminuto con dos quemadores encima de una nevera no mayor que una portátil. El fregadero no tenía escurridero ni estantes.
– ¿Y a esto lo llaman cocina? -pregunté.
– Tuvimos que vender la casa y meter nuestras cosas en un guardamuebles -dijo, como si eso contestara de alguna manera a mi pregunta-. Para pagar la mano de obra y los gastos legales de los edificios.
– Mierda. -Estaba asombrado por la diminuta y atestada cocina.
– Hola, señor Rawlins. -No tuve que volverme para reconocer aquella voz.
– Alva…
No quiero dar una impresión equivocada de Alva Torres. Era una buena mujer, por lo que yo sabía. Simplemente, lo que pasaba es que ella no aprobaba mi antigua vida. Lo que algunos podrían llamar una economía de intercambio de favores ella lo veía como una serie de actividades criminales.
