
Me tendió la mano como bienvenida, y quizá como oferta de paz.
– ¿Qué tal está? -le pregunté.
– ¿Por qué no toma asiento? -replicó ella.
Volví a mi reposapiés.
– Bueno, ¿qué tal va, chicos? -les pregunté, todo lo amistosamente que pude.
La reacción fue incomodidad y silencio. Alva llevaba un traje pantalón gris que no le quedaba bien. Era una mujer que necesitaba colores vivos, líneas fluidas. Me miró como si les hubiera insultado con mi pregunta.
– Es una historia muy larga, Easy -dijo John-. Tiene que ver con Alva y su primer marido…
– John -dijo ella.
– ¿Qué?
– No lo sé. No sé si esto está bien.
– Bueno -dijo John, dejando traslucir un ramalazo de su antigua dureza-. Decídete, pues. Easy ha venido a ofrecerme su ayuda, si le es posible, pero no puede hacer nada si no le cuentas lo que quieres.
Alva apretó sus largos dedos formando unos puños huesudos.
– ¿Puedo confiar en usted, señor Rawlins?
La alarma que sonaba en mi cabeza, el aturdimiento, el viento que entraba por la ventanilla de mi coche… todo aquello volvió a acosarme al oír su pregunta.
– Pues no tengo ni idea -dije-. No sé qué es lo que necesita.
La tensión salió del largo cuerpo de Alva y ella se echó atrás apoyándose en un cojín cilíndrico azul. John la miraba con impotencia.
– Mi ex marido -empezó Alva-. Aldridge A. Brown. Cuidó a Brawly cuando era pequeño. Yo no podía. Un niño necesita un hombre que lo guíe. Bueno, si es que el hombre se queda.
Yo no sabía de qué demonios hablaba ella. Pero estaba haciendo un esfuerzo tan grande sólo para pronunciar aquellas palabras que decidí dejarlo por el momento.
– Aldridge quería ser un buen padre. Podría haber sido un buen marido, para alguna otra mujer, pero era… era… bueno, demasiado para nosotros.
