El Partido Revolucionario Urbano era un grupo cultural, decía, que pretendía la restitución y el reconocimiento de los constructores de nuestro mundo: los hombres y mujeres africanos. No creían en las «leyes de esclavos», es decir, leyes impuestas a los negros por hombres blancos, al igual que tampoco aceptaban el servicio militar obligatorio o el liderazgo político de los blancos. Rechazaban la idea de historia del hombre blanco, incluso la historia de Europa. Pero sobre todo parecían muy afectados por los impuestos aplicados a las necesidades y servicios sociales. «La distribución de la riqueza -explicaban las palabras emborronadas en tinta morada- tal como se aplica a nuestro trabajo, y los sueños que apenas nos atrevemos a imaginar, son deplorablemente inadecuados.»

Ya había leído antes ideas parecidas. Leí mucho, en mis tiempos. La mayor parte de lo que leía eran las ficciones y la historia del hombre blanco. Tenía debilidad por la historia.

Pasó un coche y aparcó mientras yo recordaba lo que había leído de la plebe en la antigua Roma. Dos portezuelas de coche se cerraron de golpe, una tras otra, pero yo estaba muy ocupado preguntándome si aquel pueblo antiguo y oprimido tendría algún tipo de panfleto o sería todo de viva voz…

Pero cuando oí «Sal del coche», me vi arrastrado súbitamente al presente.

Los policías se habían colocado junto a mi Pontiac. Uno de ellos tenía la mano en la cartuchera, y el otro había sacado totalmente la pistola. Mis manos se levantaron rápidamente como las alas de un ave no voladora cuando se asusta por un ruido súbito.

– Tranquilos, agentes -dije.

– Abra la puerta con la mano izquierda -ordenó el policía que tenía más cerca. Era joven… los dos lo eran, chicos pálidos con armas entre hombres que se mantenían con una dieta a base de panfletos y pobreza.

Hice lo que me ordenaban y salí del coche cuidadosamente, muy despacio. Mantuve las manos al nivel de los hombros.



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