– Pues vestirme -dije.

– ¿Y adónde vas?

– ¿Adónde crees que voy a estas horas? A trabajar. -Estaba de mal humor por aquella luz roja que teñía el cielo lejano.

– Pero hoy es sábado, cariño.

– ¿Cómo?

Bonnie se levantó de la cama y me abrazó. Su piel desnuda estaba tersa y caliente.

Yo me aparté de ella.

– ¿Quieres desayunar algo? -le pregunté.

– Quizá un poco más tarde -dijo ella entonces-. No volví de Idlewild hasta las dos de la mañana. Y tengo que volver a salir hoy.

– Entonces, vete a la cama.

– ¿Estás seguro? Quiero decir… ¿no querías hablar?

– No. No pasa nada. Es que soy tonto. Pensar que el sábado es día laborable. Joder.

– ¿Estás bien?

– Sí, claro.

Bonnie tenía muy buen tipo. Y no se avergonzaba de que la vieran desnuda. Viendo cómo se arrebujaba bajo la colcha pensé en lo que sentía por ella. Si no hubiese estado tan triste, yo también habría vuelto con ella bajo las mantas.

El perrillo amarillo de Feather,Frenchie, estaba escondido por ahí en algún sitio, y me gruñó cuando yo me puse a hacer salchichas y huevos. Era lo que más quería mi niña, así que me resignaba a su odio. Me culpaba de la muerte de Idabell Turner, su primera propietaria; yo, en cambio, me culpaba de la muerte de mi mejor amigo.

Estaba sentado desayunando, fumándome un Chesterfield v preguntándome si Etta Mae se habría mudado de nuevo a Houston. Todavía tenía amigos allí, en el barrio de Fifth Ward. Quizá si escribía a Lenora Circel y dejaba caer unas palabras sobre Etta… «Saluda a Etta de mi parte», o «Muchos recuerdos para Etta.» Si ella me contestaba, a lo mejor me enteraba de algo.

– Hola, papi.

La mano me tembló y cayeron casi cinco centímetros de ceniza del cigarrillo en los huevos.

Jesus estaba de pie ante mí.

– Ya te he dicho que no aparezcas así de repente, chico.



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