– He dicho hola -replicó.

Los huevos se habían echado a perder, pero de todos mojos no tenía hambre. Y tampoco podía enfadarme con Jesus. Aunque fui yo quien lo trajo cuando era pequeño, la verdad es que fue él quien me adoptó a mí. Jesus se esforzaba mucho para que en casa todo funcionara a la perfección, y su amor por mí era más fuerte que la propia sangre.

– ¿Qué vas a hacer hoy? -le pregunté.

– Pues nada. Ir por ahí.

– Siéntate -le dije.

Jesus no movió la silla antes de sentarse porque tenía espacio suficiente para introducirse ante la mesa. Nunca desperdiciaba un movimiento… o una palabra.

– Voy a dejar el instituto -dijo.

– ¿Qué?

Sus ojos oscuros se clavaron en los míos. Tenía la piel suave, color canela, y el pelo lacio y negro de la gente que llevaba miles de años viviendo en el sudoeste.

– Sólo te falta un año y medio para graduarte -le dije-. Con el título podrás conseguir un trabajo. Y si sigues estudiando podrías obtener una beca para ir a UCLA.

Él me miró las manos.

– ¿Por qué? -le pregunté.

– Pues no lo sé -dijo-. Sencillamente, es que no quiero volver. No quiero estar allí todo el tiempo.

– ¿Crees que a mí me gusta ir a trabajar?

– Sí que te gusta -dijo-. Porque si no te gustara, lo dejarías.

Me di cuenta de que se había decidido, de que llevaba mucho tiempo pensando en esa decisión. Probablemente tenía preparados los documentos para que yo los firmara debajo de la cama.

Iba a decirle que no, que tenía que acabar al menos aquel curso. Pero entonces sonó el teléfono. Era un sonido estruendoso, sobre todo a las seis y media de la mañana.

Mientras yo iba dando traspiés hacia la encimera, Jesus se alejó en silencio con los pies descalzos.

– ¿Sí?

– ¿Easy? -Era una voz de hombre.

– ¿John? ¿Eres tú?

– Tengo problemas y necesito que me hagas un favor -dijo John a toda prisa. Se notaba que había estado practicando, como Jesus.



3 из 237