La prima de Alva vivía en la avenida Harcourt, cerca de Rimpau. Era uno de esos fantasiosos edificios de L.A. para gente trabajadora. De color azul claro y redondeado. En todo el edificio apenas si había una sola línea recta. Los aleros del tejado tenían forma de olas. Incluso los marcos de las ventanas eran irregulares y carecían de líneas rectas. La puerta delantera estaba enmarcada por una torrecilla de estuco blanco hasta la altura de la cintura.

Cuando abrí la puerta blanca, me pregunté si Isolda sería tan guapa como su prima. Quizá Brawly estuviera sentado a la mesa de su cocina, comiendo costillas y calentándole la cabeza con alguna pelea que hubiese tenido con Alva o con John.

Pero lo que me encontré fue un cadáver en la puerta de entrada al apartamento, con la mitad del cuerpo fuera y la otra mitad dentro.

Era un hombre grandote, especialmente en la cintura. Negro, con pantalones de trabajo azules y camisa azul que se le había arremangado hasta mitad de la espalda. Tenía la cabeza aplastada por detrás, y había profundas marcas sangrientas en su espalda, también de porra.

Parecía el cadáver de un león marino arrojado a la costa por la marea.

Docenas de filas de diminutas hormigas negras iban y volvían del cuerpo. Si hubiesen tenido tiempo suficiente, lo habrían consumido todo.

El correo del día sobresalía debajo de su barriga.

La compañía de muertos no me molesta demasiado después de haber estado en primera línea en la Segunda Guerra Mundial. He visto la muerte de todos los colores y sexos, de lodos los tamaños y en todos los estados de descomposición. Por eso pude pasar por encima de aquella vida malograda y entrar en el oceánico hogar azul claro de Isolda.

Por los muebles volcados y las huellas sangrientas de pies y manos en paredes y suelo, era evidente que se había producido una pelea.



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